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Matthew Simmons, experto en finanzas y recursos energéticos, considera que nos dirigimos, sin
solución de continuidad, hacia un barril de petróleo (159 litros) a 200$, después de que su precio se
haya multiplicado por cuatro en el periodo 2003-2008. También dirigentes de la OPEP – cuyo
Secretario ha reconocido un precio fuera de control -, de consultoras especializadas como Goldman
Sachs o la canadiense CBIC, etc. hablan sin tapujos de esa nueva frontera.
Independientemente de la devaluación de la principal moneda del Mundo, supondría un precio record, insólito para la mayoría hace tan sólo unos meses.
Alcanzarlo no supondría el fin de la Historia, por supuesto, pero sí un
argumento más para sospechar que entramos en otra fase de nuestro acelerado periplo contemporáneo;
una en que los historiadores de las crónicas de mediados de este siglo dirán, probablemente, aquello de
que “en esos días el occidental empezó a darse cuenta de que el maná de energía fósil barata en el que
había basado todo su modo de vida comenzaba a agotarse definitivamente”.
No hay motivos para no llegar a esa cifra, y superarla, aunque claramente veremos, como dice el gran
geólogo Colin Campbell, oscilaciones – ya las estamos viendo – brutales en la cotización del crudo, que
tenderán finalmente hacia nuevos picos alcistas consecutivos, en un complejo proceso lleno de
variables, entre las que se encuentran las geopolíticas y la depresión económica hacia la que
importantes economías se dirigen. Tampoco podemos errar en identificar, como hemos hecho, valor y
precio, para un líquido tan esencial de nuestra civilización.
Hoy, como nos recuerda Simmons, por
poner un ejemplo, cualquier bebida refrescante – agua carbonatada, azúcares, y poco más – tiene,
proporcionalmente en cuanto a su volumen, un precio muy superior al del crudo destilado, y parece
evidente que existe un abismo en la importancia estratégica de uno y otro líquido. Por eso el crudo
seguirá subiendo de precio: al ser esencial, y condición necesaria para la existencia de las demás
actividades, su precio tenderá, junto al de los alimentos, y en un Mundo con cinco veces más población
que hace un siglo, a ser el principal gasto de nuestros bolsillos, conforme su accesibilidad se haga más
compleja, y será el aspecto al que nuestra sociedad dedicará los mayores esfuerzos sociales,
económicos…y militares.
Chris Skrebowsky, de Petroleum Review, viene advirtiendo que nos quedan algo menos de 1000 días
para alcanzar el cenit global del petróleo. Es posible, según sus propios cálculos, que los que él llama
“megaproyectos” permitan un incremento aún de 3 a 4 millones más de barriles de petróleo al día, pero,
salvo para el próximo quinquenio, las cifras apenas dan para compensar el declive agudo de grandes
yacimientos como los de México, Mar del Norte, la meseta de Rusia, la previsible llegada a un pronto
cenit del Golfo de Guinea en su conjunto, el gran Burgan de Kuwait, o quizás el Ghawar, de Arabia
Saudí, etc. Después, un largo declive histórico que Colin Campbell considera que ya ha comenzado
para el petróleo convencional, nada menos que desde el año 2005.
Lo que ya parece historia también es
el anticipado y lógico cenit de exportaciones de petróleo: los productores cada vez enviarán menos
crudo globalmente fuera de sus fronteras, según el también geólogo Jeffrey Brown.
David Strahan, el autor del El último shock del petróleo, nos dice en Telegraph que el petróleo es caro
porque es escaso, y ese calificativo – escasez – viene dado porque un 50% del petróleo del Mundo hoy
se extrae de 120 yacimientos, ¡con una edad media de 42 años!: su agotamiento natural, después de
décadas de extracción no está siendo compensado por nuevos descubrimientos, ni de lejos. De donde no
hay, no se puede sacar.
A perro flaco todo son pulgas, y con el incremento considerable e inevitable de
los petróleos pesados – los crecientes protagonistas de la Segunda era del petróleo - hay problemas de
refino mundial. El considerable desarrollo de las aguas profundas y exploración en sitios inhóspitos y
con pocas reservas está disparando los costes, los problemas de mantenimiento, etc. Algunas grandes
empresas privadas ganan mucho con el crudo, pero cada vez extraen menos, en una deriva segura hacia
el desvencijado de su actividad.
Siguiendo con el refranero, no hay peor ciego que aquél que no quiere ver. De poco sirve la postura del
avestruz con cabeza bajo tierra, en estos tiempos en que, como nunca, nuestros esfuerzos deberían
dirigirse a afrontar este gran reto histórico que, querámoslo o no, tenemos ahí, y al que, aunque
sepamos que no podremos vencer definitivamente, es necesario acoger con decisión, reconociendo sus
enormes consecuencias. O esperar a que la Historia pase sobre nosotros, con su implacable ritmo que
deja atrás a quienes tienen, por costumbre, la de mirar hacia el otro lado
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