Viendo el peligro para el chico que seguía empeñado en estar tumbado y el problema para el tráfico que se estaba generando me acerqué a la Subdelegación del Gobierno para que llamaran a la policía y pocos minutos más tarde llegaba un coche patrulla y dos policías que con porras en la mano y un poco agresivamente lo sacaban allí. Me identifiqué como miembro de la Plataforma y les pedí que no actuaran con él violentamente por si en algún momento el chico se rebelaba ya que se le notaba estar muy desesperado. Se lo llevaban a comisaría sin que el muchacho opusiera resistencia salvo el intento frustrado de volver a sentarse en la calzada.
Destaco aquí que mientras algunos de los que presenciaban la escena mostraban su preocupación por el chico y hablaban de la desesperación que estaría viviendo para hacer eso, dos muchachos que había en unas motos observando esta dura realidad gritaban no muy alto a los coches, como para que les oyéramos, que le atropellaran.
Al rato, preocupados e interesados por el chico nos dirigimos a comisaría y pedimos verle en nombre de la Plataforma de Derechos Humanos para dialogar con él. Los policías nos contaron que no había dado datos sobre su identidad y que solamente quería decir su nombre, Alí, y que quería volver a Marruecos, que no quería nada con España. Cuando preguntamos sobre que iba a pasar con él, nos contaron que el juez seguramente le juzgaría por alteración del orden público y, si no tenía papeles, le abrirían un expediente de expulsión por ser extranjero. Después de esto estaría meses en la calle hasta que se ejecutara la expulsión. Comentamos que podíamos pagarle el viaje a Marruecos, puesto que era lo que estaba expresando, para evitar que le llevara la policía dentro de unos meses y que, mientras tanto, se quedara por tanto en la calle sin nada y sin trabajo y evitar también así que después pudiera ser apresado cuando lo llevaran a su país sin haber cometido ningún delito. Nos dijeron que podía ser una buena opción.
Cuando sacaron a Alí para que habláramos con él no dimos cuenta del enorme sufrimiento y estrés que tenía. No pudimos dialogar porque repetía insistentemente que quería irse y no quería hablar, de modo que no pudimos ofrecerle nuestra ayuda. Le dejamos nuestro teléfono al coordinador de la comisaría para que se lo diera al muchacho cuando se encontrara mejor.
Desde que lo vimos por primera vez hasta varias horas después de salir de la comisaría sentí la desazón, que no es nueva para mí, de percibir hasta donde puede llegar el dolor que causamos unos seres humanos a otros. Volví a no entender por qué a estas personas se les arrebata, desde el gobierno del estado español y los indignos ciudadanos de este país que lo apoyan, sus Derechos Básicos de Libertad de Movimiento y Trabajo para poder alimentarse y vivir dignamente.
Me pregunté dónde estaban los servicios sociales de este estado de bienestar que atiendan humanamente a personas en esta situación. Sentí que la ceguera en la inmensa mayoría de los ciudadanos de Jaén y España era generalizada y vi claramente que la injusticia que sufría esta persona, como la de otros miles de millones era fruto de nuestro puto afán de acumular dinero y cosas, robar desde hace siglos a los países que, con este robo, hemos empobrecido.
Observé a mi alrededor con auténtico asco la hipocresía de la navidad; el absurdo de la gente comprando a todas horas mientras los frigoríficos y los armarios están llenos de comida y ropa, el desastre de ir y venir hacia ninguna parte en que hemos convertido las ciudades; el infierno que vive la gente rica y la dura pobreza y desesperación que vive la gente pobre.
Pensé en mis limitaciones y mis posibilidades para poder ayudar a este muchacho y no encontré respuesta para el racismo y la xenofobia porque sea extranjero. Me revelé con rabia por dentro contra todos los culpables y todos los responsables, políticos, empresariales, sindicales y sociales de que en Jaén la Campaña de la Aceituna sea lo que digo: La capital mundial de las condiciones inhumanas de los temporeros.
Ante esto solo encontré refugio en el sentido de mi lucha pacífica contra todas estas injusticias, en mi afán de gritar lo que pienso y siento y en mi compromiso vital para que otro mundo esté siendo posible. Por eso quiero ser quién soy, la persona que está decidida a cambiar este mundo y por eso puedo hacer lo que hago: Mirar a los ojos a este muchacho y decirle que puede contar conmigo, que siento su mucho dolor, que conozco su origen y que junto a él y con otras/os muchas/os vamos a cambiar todas estas injusticias.
Reflexionad sobre todo esto y preguntaos qué podéis hacer ante esta realidad injusta que tenemos ante nuestros ojos y si todavía no habéis perdido vuestra capacidad de sentir a los demás y queréis cambiar, hacedlo. Estos problemas son de todas/os y todas/os somos responsables ¡No mires hacia otro lado y actúa!
Jesús
Colectivo por la Justicia y los Derechos de las Personas "Queda la Palabra"
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"Y yo pregunto a los economistas, a los políticos, a los moralistas, si han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico"